La ampolla de Asclepio - La respiración (1)

"Tengo un nudo en la garganta": la respiración y la ansiedad

por Claudia Venturino, psicóloga, psicoterapeuta y psicodramatista

Respirar es la primera acción que cumplimos cuando nacemos y representa la esencia misma de la vida; no hay que asombrarse que la respiración esté conectada a nuestras emociones más profundas. Muchas veces describimos estados emocionales con expresiones que remiten a la función respiratoria: “tengo un nudo en la garganta”, “mi madre me ahoga”, “este trabajo me saca el aire”. A veces somos conscientes de cuanto nuestras emociones influyan sobre el ritmo respiratorio, otras veces no; sin embargo es suficiente un indicio de peligro para que nuestro respiro pare inmediatamente o, por lo contrario, encontrar la solución a un problema nos hace tirar un gran respiro.

De la misma forma es cierto que nuestra manera de respirar influye sobre el estado psíquico. Modificaciones repentinas de la actividad respiratoria – cuales ligeras apneas o una respiración ansiosa – nos asustan más de lo necesario.

Existen algunas situaciones donde el condicionamiento recíproco entre respiración y estado emotivo resulta muy evidente.

En los síndromes ansiosos, en particular en los ataques de pánico, los síntomas ligados a la respiración están casi siempre presentes: dipnea (desde la respiración bloqueada o forzada a la crisis asmática), tos excesiva, hipo, crisis disfónicas o afónicas. Tales síntomas resultan preocupantes porque generan la famosa sensación de “falta de aire” que induce pensamientos de muerte inminente. El término ansiedad deriva del latín anxia que, a su vez, deriva del verbo angere, “cerrar, ahogar”.

Poca gente sabe que la ansiedad, antes de ser una disfunción que pesa sobre la vida de muchas personas, deriva – en su origen – de una serie de modificaciones físicas absolutamente útiles a la vida del ser humano. Se trata de reacciones inducidas por una situación que el individuo percibe como peligrosa. Por ejemplo imaginemos un gran perro que corre en contra nuestro gruñendo. A la percepción del peligro inminente nuestro cuerpo reacciona poniendo todos sus recursos al servicio de la huida o – para los más valientes – de la defensa. En particular aumenta la presión de la sangre, la frecuencia respiratoria acelera, aumenta el latido (cardiaco) y la transpiración, el estado psíquico está caracterizado por una aceleración de los procesos de memorización y creación y aumenta la receptividad sensorial.

Este mecanismo fisiológico llamado ataque-huida (del perro, en nuestro ejemplo) se ha desarrollado durante los milenios para favorecer la mejor respuesta posible en situaciones de peligro (¡aunque originalmente se trataba quizás de huir de los leones!). De hecho la actividad acelerada del corazón proporciona más sangre al cerebro, garantizando una mayor concentración, y a los músculos. Una respiración más rápida y profunda proporciona oxígeno a todo el cuerpo y el aumento de sudoración refresca el cuerpo. Por ser un mecanismo indispensable a la sobrevivencia de la especie, fue incluido en nuestro programa genético de comportamiento: cada vez que nos encontramos frente a un presunto peligro estalla la concatenación de fenómenos fisiológicos funcionales al ataque o a la huida.

Los problemas empiezan cuando este mecanismo estalla sin que exista un peligro real para la persona: en este caso es disfuncional, porque no hay nada por atacar o del que huir. El nivel de activación emotiva del individuo no es proporcional a la entidad de la situación. En estas circunstancias la ansiedad no es más un mecanismo de sobrevivencia, sino es una reacción inadecuada a situaciones que no requieren la activación del mecanismo ataque-huida.

El mecanismo, lamentablemente, tiende a auto-alimentarse porque el miedo genera miedo y la huida se transforma en un evitar continuo todas aquellas situaciones que pueden inducir la reacción fisiológica.

El tratamiento para la ansiedad puede hacer uso de fármacos ansiolíticos, que reducen la respuesta fisiológica a los estímulos anisoginos, y de un tratamiento psicoterapéutico, mirado a modificar los pensamientos disfuncionales que constituyen la base del malestar. Pueden resultar muy útiles, además, técnica de relajación como el Training Autógeno y el Shiatsu, que consienten controlar el nivel de activación fisiológica con una consecuente reducción de la tensión.

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