La ampolla de Asclepio - Insomnio

Noches infinitas

por Andrea Pascale, psicólogo y psicoterapeuta

“…Estoy siempre cansado, no duermo nunca… debe ser mi condena. Ahora mismo, por ejemplo, podría seguir sin dormir toda la noche…”

Nada logra alimentar pensamientos penosos y cansancio existencial que una noche sin sueño; ninguna novela describe mejor este estado emotivo que “La casa del sueño” por Jonathan Coe, donde se encuentra la frase citada.

Muchas veces pasa que los canales menos académicos nos den informaciones importantes para reflexionar y comprender más profundamente los fenómenos que pertenecen al universo humano. El arte y la literatura desde siempre cumplen una función no solamente de mediación, sino también de promoción en relación con importantes procesos cognoscitivos y explicativos. Es así que una simple novela puede contener en su interior la esencia de un aspecto – la falta de un sueño suficientemente tranquilizante – que resulta ser realmente crítico para quien lo esté padeciendo. Quien lea “La casa del sueño”, así como quien vea la película “El hombre sin sueño” por John Carpenter, percibe las sensaciones, los sentimientos y los estados emotivos de los que viven directamente la experiencia dramática de los problemas del sueño.

No debemos confundir el insomne con aquellas personas técnicamente llamadas “corto-durmientes”, es decir quién obtiene el descanso suficiente gracias a un número de horas mucho menor a la media. Más allá de la subjetividad, existe lamentablemente una dimensión patológica ligada al sueño y, en particular, a la ausencia involuntaria de descanso nocturno.

La psiquis está integralmente involucrada en este proceso, tanto como origen y disparador, como como parte perjudicada en consecuencia. Parece demasiado fácil intuir que el insomnio es siempre indicio de un problema a nivel del organismo, un síntoma que evidencia de manera inconfundible la ruptura del equilibrio de la persona y que debe ser tomado como un aspecto a investigar, a profundizar y comprender no solamente a nivel superficial, sino profundo.

El aproche más sencillo, el que busca un remedio-tampón, es seguramente el que ve en el fármaco hipnótico la solución inmediatamente eficaz; no se quiere decir que esto no sea útil, al contrario: a veces la intervención farmacológica es esencial porque representa la muletilla que permite al individuo volver a pararse; sin embargo no se puede parar ahí.

Los elementos emotivos que acompañan esta experiencia son fundamentalmente dos: la ansiedad y la depresión. Hay personas que viven el pasaje delicado que va desde la vigilia al sueño con una concentración de pensamientos penosos e inquietos que no permiten el ingreso a las fases más profundas y más sosegadoras. El resultado es un sueño discontinuo y superficial que genera una sensación de cansancio y de estrés.

La depresión también puede ser causada por el insomnio: estados melancólicos importantes pueden llevar a una hipersomnia de “cierre”, pero también a su opuesto, es decir a una ausencia de sueño regular que conduce al agotamiento psicológico que puede llegar a ser crónico.

En todos casos combatir el insomnio significa resolver un verdadero drama para la persona: muchas veces en ámbito clínico descubrimos que las molestias del sueño están ligadas a traumas atribuibles a la historia del paciente, a eventos trágicos ocurridos en la niñez y nunca enfrentados o elaborados, que en fases sucesivas se representan llevando consigo una dosis masiva de angustia profunda.

Ésta es la “condena” a la que se refiere J. Coe y es fácilmente entendible para todos aquellos que han vivido, aunque sea una vez, la experiencia de una noche en blanco. Solamente a través de una perspectiva holística se puede reflexionar seriamente sobre el asunto. Está en juego el equilibrio de todo el organismo que ha perdido uno de los aspectos primordiales de su ciclicidad y, con fatiga, debe volver a encontrarlo, examinando todos los aspectos que opera en su vida.

Parece banal y al mismo tiempo esencial el hecho de que todo tenga que volver a ordenarse: el estilo de vida, la alimentación, el movimiento del cuerpo, la postura, la respiración y cada elemento que tiene que ver con nuestra dimensión psicológica, afectiva y emotiva. No es necesario un orden austero o un estilo de vida ascético y privo de placeres, al contrario: la dimensión del goce de las cosas hermosas de la vida es seguramente el camino más sano para reencontrar un equilibrio existencial. Así que la ruta maestra no es la privación, sino más bien la simplicidad: ¿qué hay de más sencillo e inmediato que seguir el ritmo circadiano1 y ajustarse a ello? En definitiva es lo que hacían las generaciones de nuestros ancestros: despertarse al amanecer y dormirse después del atardecer: hoy en día volvemos a encontrar esto durante viajes a países de otras culturas y de estatus económico inferior al nuestro.

Ésta no es – evidentemente – la solución, sino más bien la contraparte: seguramente el insomne vive una vida compleja como todo ser humano, pero su vida está ulteriormente complicada debido a un conjunto de factores distintos que lo alejan del estilo de vida para el cual ha nacido. La simplicidad, entonces, puede ser un objetivo, una tendencia para liberarse de vidas intricadas y cansadoras cuyo síntoma a menudo emerge desde la ruptura del equilibrio más innato y primordial, nuestro momento de descanso y de recarga.

“…Es hora de simplicidad, nada sería más inútil, engañoso y desafinado que complicadas elucubraciones intelectuales…”

Susan Sarandon en “La fuerza de la mente”

Notas:
1. Ritmo circadiano: el ciclo de los procesos fisiológicos propio de todos los seres vivientes en periodo de 24 horas.
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