La ampolla de Asclepio - El dolor y las emociones

El dolor existencial

por Andrea Pascale, psicólogo y psicoterapeuta

Roma, Ciudad del Vaticano, Capilla Sixtina, El Juicio Universal, caras…

Observen esta obra maestra, poderosa y evocativa; sin embargo, una mirada atenta puede captar distintos matices que no conciernen únicamente las figuras maravillosas y los colores variopintos, sino que se refieren a la descripción de una experiencia humana en todas sus múltiples facetas, incluyendo las que hablan de dolor, de esfuerzo, de sufrimiento.

Michelangelo nos ha dejado esta enorme herencia: quien observa atentamente el rostro de uno de los profetas – símbolos de la figura humana – no puede no captar la angustia que pesa sobre estos personajes. El artista proyecta en esas imágenes lo que era su estado de ánimo: el de un hombre atormentado, comprometido en una lucha valiente contra el poder (Papa Julio II), desafiado y humillado por sus adversarios y obligado a combatir con un arma – la pintura – que no era su preferida (se sabe muy bien que Michelangelo era escultor).

El artista representa el emblema del hombre en su debilidad y fragilidad; un hombre que se enfrenta a su propia soledad.

Es increíble que este gran artista nos haya dejado una huella eterna acerca de cómo se pueda enfrentar el dolor, el sufrimiento existencial y emocional: nos enseña cómo el único camino posible sea buscar y encontrar su sentido.

Es éste el eterno desafío de un ser humano, el viaje continuo que – desde la antigüedad en adelante – nadie pudo evitar: la búsqueda del sentido de nuestro dolor.

Gracias a su genialidad y a su increíble refinamiento intelectual, Michelangelo logra – a través de los rostros de la Capilla Sixtina – explicarnos la naturaleza de ese sentimiento; no nos estamos refiriendo únicamente al dolor físico – más fácil de reconocer y aceptar – sino estamos hablando de algo distinto, que tiene que ver con la vida y con su propia esencia, con algo que a veces parece incomprensible para quien lo está sintiendo; algo que sube desde las vísceras invadiendo todo lo que nos pertenece: nosotros mismos, nuestra manera de ser, nuestras relaciones, nuestros pensamientos, nuestras emociones, todo… Todo está impregnado por aquella angustia emotiva y existencial que la ciencia medico-psiquiátrica y psicológica ha individuado y nombrado, una especie de ‘alquitrán’ que contamina todo y que parece imposible de despegar; un dolor diferente que no se acaba en sí mismo y que no involucra solamente el individuo.

El ejemplo de la Capilla Sixtina – poderoso y absoluto – nos demuestra también cómo el hombre pueda encontrar adentro suyo la posibilidad de elaboración de aquellos hechos vividos que – diversamente – llegaría a destruirlo… la creatividad y la expresividad representan a menudo instrumentos subjetivos para la sobrevivencia. Desde hace poco las ciencia humanísticas han contribuido a explicar cuánto el ser humano sea equipado para enfrentar y soportar el dolor gracias al concepto de ‘resiliencia’, es decir aquel conjunto de características que permiten resistir a condiciones extremas de sufrimiento físico y psicológico. Hay numerosos ejemplos que ilustran esta actitud humana: en particular el de haber sobrevivido a los campos de exterminio nazistas – una experiencia potencialmente destructiva y aniquiladora.

Todo esto para decir que la vida misma tiene que ver con el dolor y que no podemos olvidar dos elementos fundamentales: el hombre no puede esperar una existencia sin dolor, pero también él posee en sí todo lo que necesita para poderla enfrentar, elaborar y superar.

En la época denominada post-moderna esta actitud hacia el dolor parece olvidada o repetidamente evitada: intentamos en varios modos de obviarlo en nuestra interminable carrera detrás de una ciencia que sea capaz de anestesiar cada uno de nuestros males. Si esto es cierto para el dolor físico, más aún lo podemos encontrar en el universo emocional. Es emblemático – como nos cuenta Umberto Galimberti – que no sea suficiente para nosotros saber que nuestros hijos son ‘felices’, sin preocupaciones, sin sufrimientos.

Solamente cuando podamos renunciar a esta utopía lograremos vivir verdaderamente nuestra máxima expresión humana y existencial: la conciencia. Estamos frente a un elemento que a menudo ha representado el objeto fundamental de una cantidad infinita de productos literarios, poéticos, artísticos y filosóficos: la búsqueda hacia el conocimiento de nosotros mismos nos obliga – inevitablemente – a desarrollar una cierta tolerancia hacia el sufrimiento. Este aspecto universal es tan incuestionable cuanto difícil de soportar: el destino del hombre sapiens sapiens – debido a su posibilidades de lectura introspectiva y metacognitiva – es el de vivir a pleno su existencia, incluyendo sentimientos desgarradores cuales la angustia, la soledad, la inquietud y la tristeza.

Esto es lo que yo entiendo por dolor existencial. Citando al filósofo Vito Marcuso, podría decir que estamos hablando de un sufrimiento del ‘espíritu’, es decir de aquella parte de nuestra psiquis que está conectada con la conciencia personal, con la conciencia de estar en el mundo; aquella parte que sabe “mirar al mundo en su integralidad, buscando en él sentido, justicia, belleza y verdad”.

La psicóloga Maura Anfossi nos habla de este “saber”, del percibir nosotros mismos y nuestro lugar en el mundo, del proceso interior tan especial y único adentro del universo. El crecimiento humano, en todas sus etapas, desde la infancia hasta la vejez, requiere la adquisición de una visión más realística del mundo y, por consiguiente, un contacto progresivamente más lúcido con la imperfección, la injusticia, el absurdo y el dolor.

“…Somos seres destinados al sufrimiento y por esta razón nuestras vidas serán recordadas en la eternidad…”, decía Helena de Troya a Héctor, quien estaba hesitando frente a su última batalla. La única posibilidad que tenemos, si decidimos vivir plenamente y verdaderamente la experiencia humana, es hacer lo que ha hecho Héctor: darse vuelta y mirar a su destino en la cara, con sus límites y su dolor y, al mismo tiempo, con el maravilloso potencial que ella libera. Homero nos cuenta la historia de un hombre que, sólo consigo mismo, por medio de las palabras de una mujer – Helena – encuentra la fuerza para ir contra su propia muerte, reconociéndola como parte de su destino; huir hubiera sido un escape inútil.

La diferencia está en el sentido que el ser humano da a su dolor: ésta es la gran posibilidad humana, la manera de enfrentar, elaborar y superar conscientemente cualquier tipo de dolor, sea ése atroz o injusto.

“… Pueden hacer de mi lo que quieren, pero nunca podrán sacarme el derecho y la posibilidad de dar un sentido mío – y mío solamente – al sufrimiento con que me afligen. Yo soy el único a tener el derecho de dar un sentido a mi propio dolor…”

Estas son palabras de Victor Frankl, quien vivió la experiencia del campo de concentración. Sin embargo, podrían ser palabras de cualquier hombre que haya contactado y soportado la dimensión del sufrimiento… Cada uno tiene que buscar su camino en este sentido: Michelangelo lo hizo a través de la Capilla Sixtina y su investigación ha enriquecido el mundo por toda eternidad.

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